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A veces queremos correr, sin saber andar. 

Cuando leemos un libro, queremos saber el final, y corremos a buscar la última página para saberlo. Al igual que pasa con una película o una serie.

Cuando somos pequeños soñamos con ser mayores y sin embargo, cuando llegamos a ser mayores, deseamos volver a nuestra niñez, donde las cosas iban mejor.

Nos olvidamos de que las cosas necesitan su tiempo, de que todo tiene que pasar. Nos olvidamos de que a veces nos tenemos que equivocar; unas veces para ganar y otras para aprender. Nos olvidamos 


 pero nos perdemos lo que ha pasado entre medias, y por ello no alcanzamos a averiguar que ha pasado. 

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  Más de las ocho de la noche  en este lugar y no hay nada abierto. ¿Pero dónde demonios estoy? Me pregunto a mí mismo. Sigo caminando calle abajo, a ver si encuentro algo. Necesito olvidar. Al final de la calle, veo un pequeño bar, donde está el camarero y un par de clientes más. Quizá no es lo que esperaba, pero necesito un trago para olvidarme del mundo un rato más. Me bajo el gorro hasta conseguir que me tape todo lo posible, me ajusto las gafas de sol, quizá de esta manera nadie me reconozca. Decido entrar. Me siento en un taburete frente a la barra y le pido al mozo una copa. Miro alrededor, aunque no haya mucha luz, puedo ver las cuatro mesas que hay, la gente que está ahí, que poco tiene que ver conmigo, y aún así parecen igual de aburridos de esta vida. Doy un trago y veo que todo parece destartalado, desordenado o incluso algo sucio. Qué ironía, parece que estuviéramos hablando de mi vida. En mi cabeza vuelven a a parecer los pensamientos que me han estado persiguien...
Como decía, no me lo podía creer cuando me he dado cuenta de que la joven que estaba tocando la guitarra era la misma con la que había tenido el incidente por la mañana. A mí que aún me duraba la resaca de la noche anterior, fui al bar del hotel a por un café para intentar despejarme, lo cogí y pagué. Y como iba distraído, no la vi venir, y me choqué con ella, tirándole el café por encima.  Ella se enfadó y echó una bronca que funcionó mejor que el café para despejarme. Me reí al recordar el momento y reconocerla en ese escenario.  Seguía mirándola, no podía apartar mi mirada de ella. Me sorprendía tanto que esa joven tuviera esa voz tan envolvente... Reconozco que en parte también me picaba la curiosidad de si también ella me reconocería. Mis dudas pronto se resolvieron, porque en el instante en que su mirada se cruzó con la mía noté cómo se calló de repente. Arqueó las cejas como queriendo preguntar qué hacía yo ahí. Entonces no pude más que echar una carcajada. Supo que era...

Recuerdos

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